Esto no es tan fácil. Pensemos, por ejemplo, en cómo sería el registro arqueológico de la última vez que se reunieron con sus amigos a comer un asado en el patio de la casa de uno de ellos. El escenario de esta situación mostraría la parrilla con el carbón prendido y la carne puesta a cocinar, una mesita al lado con el pan para los chorizos y las ensaladas sin condimentar, y un poquito más lejos una mesa con los platos, cubiertos y botellas alrededor de la cual se disponen los comensales. Si por casualidad tal reunión se desarrollara a la sombra de un volcán y éste entrara en erupción justo en ese momento, es probable que en la escapada para alejarnos de la lava y la ceniza dejáramos todo tal y como está y saliéramos a las chapas. Si un arqueólogo pasara por allí unos cientos de años después, la observación de la comida puesta al fuego, la vajilla dispuesta sobre una mesa y muchos otros pequeños detalles le permitirían reconstruir con bastante precisión la escena original.
Sin embargo, este tipo de desastre geológico es muy poco común; por lo general, el abandono de un sitio por parte de sus ocupantes se da de modo más lento y planificado y el registro material se ve sometido a un largo proceso de transformación y redefinición antes de quedar sepultado, antes de transformarse en registro arqueológico. Pensemos ahora que ningún volcán estalló la noche del asado y que los amigos terminaron con tranquilidad su comida con la consecuente modificación del cuadro inicial. La mesa quedará completamente despejada, la vajilla será lavada y guardada en su correspondiente estante, tal vez un par de botellas de vino tinto quedarán desprolijamente tiradas entre los canteros y los perros se pelearán por los huesos con carne y los pedazos de pan que sobraron, depositándolos luego lejos del sitio en el que habían sido descartados.
Con el paso del tiempo todas las actividades desarrolladas en este patio irán acumulando diferentes restos materiales, al primer asado se le sumarán otros, cuyas evidencias se mezclarán con los anteriores; mientras que el viento, el crecimiento de las plantas, el vecino que camina todos los días por el patio, y otras tantas cosas, mueven la tierra de un lugar a otro haciendo que unas cosas se tapen y otras se destapen. Estos diversos "agentes" de depositación y erosión, actúan de diferente manera haciendo que su influencia sea reconocible en el suelo, ya sea por el color o la dureza del mismo, etc. Cada una de estas capas de suelo, con sus características propias y diferentes unas de otras, son llamadas estratos. Conocer el orden y las razones por las que estos estratos se originaron, se denomina "estratigrafía". Esta actividad nos proporciona algunas de las evidencias más fiables para dos cuestiones que suelen ser muy relevantes, las actividades humanas en un período de tiempo determinado, y los cambios experimentados por esas actividades de una época a otra. Los objetos que encontramos en un mismo estrato generalmente nos informan sobre actividades que sucedieron en la misma época, mientas que si observamos la relación entre los objetos que están en diferentes estratos, unos más profundos, otros más cerca de la superficie, visualizamos los posibles cambios acontecidos con el paso del tiempo. En el primer caso, hablamos de sucesos "sincrónicos", mientras que en el segundo de "diacrónicos".
Un arqueólogo empeñado en reconstruir un conjunto de actividades llevadas a cabo en un mismo espacio, generalmente deberá realizar una excavación teniendo en cuenta todo lo que les he contado anteriormente. Comenzará el trabajo delimitando el área en donde se va a excavar, mediante lo que llamamos cuadrícula. Esta consiste en plantar estacas en el terreno a distancias regulares para luego unirlas mediante hilos. El espacio que queda encerrado por la cuadrícula es en el cual desarrollaremos nuestra actividad. Los hilos no solamente sirven de límite, sino también de puntos de referencia a partir de los cuales a medida que vayamos extrayendo cuida
dosamente capas de suelo, mediante el uso de herramientas como ser cucharines, pinceles, escobillas, estecas; y vayamos destapando el registro arqueológico, podremos ubicar cada objeto espacialmente (distancias y profundidad). Todo debe ser registrado hasta el más mínimo detalle, mediante fichas especiales, dibujos, fotografías; asignándole a cada objeto un número de inventario, para luego poder identificarlo fácilmente. La tierra que se saca se pasa por una zaranda, con fin de encontrar pequeñas cosas que se nos pudieron haber pasado por alto. Ser detallista y minucioso es muy importante ya que la excavación es una actividad destructiva, es decir no se puede realizar más de una vez en un mismo lugar. Toda información que nos hayamos olvidado de registrar es irrecuperable; se pierde para siempre. La pérdida de información reduce las posibilidades de interpretar que es lo que paso en el sitio que estamos trabajando.