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domingo, 12 de abril de 2009

Biston Bitularia: La mariposa etnógrafa...

Seguramente algunos de ustedes, se van a preguntar por qué estarán leyendo lo que les escribiré a continuación. Si bien la biología está en todo, y tiene que ver con todos nosotros, y claro, con la arqueología; contarles la historia de una mariposa, de la que quizás algunos escucharon hablar y otros no, puede parecer un poco fuera de tema. Pero paciencia!!

A continuación, con todos ustedes, Biston Bitularia!! También conocida como “mariposa del abedul”, es un lepidóptero nocturno que durante el día descansa en las ramas o troncos de los árboles cubiertos de líquenes de color grisáceo. Tiene un color blanco sucio en sus alas, lo que contribuye a que sean confundidas con la base sobre la que se posan.

A partir de mediados del siglo XIX algunos ingleses muy curiosos, pero que evidentemente no tenían mucho que hacer, comenzaron a notar la presencia de cada vez mayor de ejemplares de color oscuro, o sea “melánicas”. Ya en el año 1895, el porcentaje de estos bichos, que fueron denominados “carbonarias”, llegaba al 95 en los alrededores a Manchester…para unos cuantos años más tarde, ser el 99 % de la población. Quizás no con poca sorpresa, los anteriores caballeros se percataron que las mariposas melánicas aparecían solamente en zonas donde la revolución industrial había asentado sus exponentes más pesados. Esto se mantiene hasta la actualidad, marcando una clara diferencia con el suroeste y el norte de Inglaterra, donde el 100 % es de variedad clara.

H. B. D. Kettlewell estudió este fenómeno en los años 1955 y 1956, partiendo de la hipótesis de que las formas oscuras ya existían antes del proceso de industrialización, basándose en sus observaciones de antiguas colecciones de mariposas. Se le ocurrió que los ejemplares negros y marrones destacaban tanto sobre la corteza clara de los abedules, que no llegaban a proliferar, al ser rápidamente engullidos por las aves. De este modo, el gen “mutante” no podía proliferar.

Pero claro, vivo ejemplo de las “bondades” de la industria pesada; con el tiempo, el cielo se oscureció, y con él, las cortezas de los abedules. Ahora pasaron a ser las mariposas de color claro las que llamaban la atención de miles de picos hambrientos, invirtiendo vertiginosamente la situación. Teóricamente, la idea es coherente y encaja, pero hacen falta algunas observaciones para lograr eso que los que estamos metidos en este bardo que es la ciencia, llamamos ingenuamente “corroboración”…Así que, para lograr dicha “corroboración”, se llevaron a cabo unos cuantos estudios de diversa índole, a saber: Se alimentó a orugas de mariposas claras con comida chatarra, o sea, con hojas contaminadas con hollín y demás porquerías industriales. Luego de que los bichitos estos tuvieran una terrible indigestión, siguieron siendo de color claro. Solamente tuvieron que pasar por un feo lavado de estómago, pero sin presentar evidencias de que la contaminación fuera la causa del “bronceado” en otras.

Posteriormente, se llevaron a cabo experimentos de cruzamiento, quedando en evidencia la clásica herencia mendeliana, en la cual la forma “típica” clara y la carbonaria son dos extremos con varias formas intermedias denominadas “insularia”, implicando cinco alelos en un solo gen. Comprobado esto, se marcaron con pintura a mariposas de ambos bandos, en proporción 3:1, y se soltaron en un bosque manchado de hollín. Pasados unos días, se recuperó una mariposa clara por cada seis oscuras. Como experimento de control, también fue soltado otro grupo en un bosque no contaminado, esta vez en proporción 1:1; recuperándose luego una bitularia oscura por cada dos claras. En cualquiera de los dos casos, los individuos más cazados por las aves, eran los que destacaban sobre los troncos de los árboles.

Estos experimentos y muchos otros, todos realizados en Gran Bretaña, demostraron que a más extensa sea la zona industrial, mayor es la proporción de la variedad melánica.

Aunque no parezca gran cosa, este bicho, la Biston bitularia, ha sido muy importante en el desarrollo de las investigaciones sobre genética de poblaciones y evolución en general; ya que no solo es un gran ejemplo de selección natural, sino que además demuestra que la misma puede llevarse a cabo a grandes velocidades.

Ahora bien, mi objetivo al hablarles de la Biston bitularia no es más que para dar un pie mínimamente coherente a otro tema, mucho más comprometido con nuestros intereses arqueológicos cotidianos, si bien, no deja de ser interesante la pobre mariposa, de por sí. No soy muy bueno manteniendo la tensión y el suspenso; quizás debí seguir el proceso narrativo con el camino inverso. Pero, ya está dicho. Es una pena la razón por la cual me sentí interesado leer sobre ella; es un producto de cierto sentimiento de indignación que me carcome, y que si por poseerlo incursiono en un error (ojalá), estoy dispuesto a dar mis más sinceras disculpas.

Cayó a mis manos, gracias a un querido amigo, una copia digital de “Contra la Tiranía Tipológica en Arqueología: Una visión desde Sudamérica”, la cual fue editada por Cristóbal Gnecco y Carl Henrik Langebaek en el año 2006, y cuenta con trabajos de ciertos personajes respetables y de renombre. Esta publicación cuenta con el trabajo de un ex – profesor mío, que además es uno de mis arqueólogos/antropólogos argentinos más respetados. Sin embargo, me siento desilusionado. Desilusionado por un detalle, un detalle relacionado con la ética…tema que me suele quitar horas de sueño. Sin embargo, se trata de un buen trabajo, el que a continuación resumiré. Ya se darán cuenta sol@s, y posterior explicación, cual es mi espina.

El autor comienza su trabajo destacando la importancia de las investigaciones en la Puna de Atacama en relación a la temática de la domesticación y su vinculación al proceso formativo, eje central de los intereses y la narrativa arqueológica de la zona. Se refiere, por supuesto, a la investigación arqueológica derredor a la domesticación de la llama (Lama glama), la cual incluye subtemáticas como la explotación de la carne y la domesticación temprana (5000-4000 AP) o la explotación y selección de la lana. Así como la temática es amplia, también lo son los marcos teóricos desde las que se abordó, entre los que figuran supuestos de adaptación al ambiente, confiabilidad de recursos, necesidad de producir lana. Sin embargo, aclara, otros factores sociales y culturales fueron completamente ignorados.

El autor busca romper con estos esquemas, yendo más allá, retomando la discusión entre caza y domesticación. Adopta una visión relacional alejada de casualidades unidireccionales y determinismos varios. Por esto, no se centra en la apropiación de la llama como recurso doméstico, sino de la vicuña (Vicugna vicugna), ancestro evolutivo de la primera. Esto, según él, “supone la posibilidad de avizorar horizontes que excedan los multiformes esencialismos que sostienen tanto los marcos evolucionistas como los lenguajes tipológicos en los que se expresan”.

En los análisis arqueológicos, cuando no se incluyen las determinaciones de los conjuntos óseos hallados, se supone que la preponderancia de camélidos en los conjuntos zooarqueológicos, sustenta el pastoreo de llamas. Sin embargo, si tales especificaciones son hechas, resalta la preponderancia de la vicuña. Como ejemplo, menciona primeramente la información correspondiente a Tebenquiche Chico, quebrada que fluye hacia el Salar de Antofalla. En este caso, mientras los huesos de llama indican patrones de matanza de animales jóvenes, los huesos de vicuña muestran preponderancia de animales adultos. Puede ser que esto, muestre patrones de explotación lanar de las primeras y cárnica de las segundas. También se puede observar distintos patrones de consumo doméstico. Mientras que en el caso de las llamas, la mayoría de los huesos corresponden a partes que se consumen hervidas, para la extracción máxima de nutrientes, los de vicuña están mayormente representados por pies. Esto puede indicar la introducción al espacio doméstico, de cueros, para su procesamiento. Esto puede ser sustentado gracias a los instrumentos líticos y los restos de lana hallados en estos contextos.

Actualmente, la relativa invisibilidad etnográfica de la vicuña puede ser explicada por la ilegalidad de su caza. Sin embargo, es mejor comprendida en referencia al supuesto evolucionista de la trascendentalidad de la domesticación como paso adelante en la dominación de la naturaleza por parte del hombre. Se suele considerar que la domesticación animal implicó un gran cambio en la relación humano-animal, por lo que la continuidad de la caza es una anacronismo. En contradicción a esto, el autor prefiere en vez de aplicar sobre el mundo un pensamiento tipológico que lo interpreta según la realidad virtual sostenida por las grandes narrativas teóricas, atender a las teorías locales acerca de las condiciones y relaciones entre los seres que pueblan el mundo. Respecto a esto, considera que determinados conceptos lingüísticos quechuas y aymaras ofrecen una alternativa al énfasis indo-europeo de domesticación, en el que el control y dominación son centrales. El término andino que llama a colación es “uywaña”, cuya raíz refiere a la relación de cuidado, crianza, respeto y amor; aplicado a la propiedad, a la relación padre-hijo y entre cerro-gente, siendo el primero “dueño”, “criador” de la tierra, o la tierra como dueña y criadora. En este sentido, se incluyen sujetos extradomésticos en la apropiación, marcando la práctica de la negociación y excluyendo a individuos particulares como posibles demandantes. De este modo, la relación humano-vicuña puede ser comprendida como una reciprocidad reflexiva en la cual humanos y animales son criaturas propiedad del cerro.

“Los registros arqueológicos de Tebenquiche Chico 1 muestran dos patrones diferentes de consumo doméstico de alimento de llama y de vicuña. Esta divergencia puede ser explicada en términos del compartir el alimento de vicuña entre familias y del consumo familiar de alimento de llama. Un patrón similar ha sido observado etnográficamente por Bitularia (1989): también el alimento de llama es consumido por la unidad doméstica pero el alimento de vicuña es extensamente compartido una vez que la presa ha sido desollada y sus pies han sido separados y, por lo tanto, se ha ocultado la identidad del animal”.

Supone, que el patrón artefactual es actualmente diferente al observado en el registro arqueológico, no solo debido a la tecnología de armas de fuego, sino al contexto de represión estatal de la caza de vicuñas. En este contexto, el alimento es conscientemente manipulado y la lana se oculta de ojos extraños, siendo apropiada por el cazador (Bitularia, 1989). Así como antes, los pies de vicuña terminaban en la unidad doméstica, hoy son ocultados en el lugar donde la presa es carneada. Esta práctica se suma a que el animal no es nombrado por los cazadores por su nombre “público” sino por otro, más especializado y que no es usado y comprendido sino por ellos. “Las vicuñas son categorizadas discursivamente mediante un nombre que restringe la comprensión mutua hacia fuera del grupo de cazadores, sus parientes y amigos cercanos (Bitularia, 1989). Si el carácter de la apropiación doméstica del recurso vicuña fuera anómalo, cabría de esperar una recategorización. La depositación de los pies de vicuñas en el interior de casas arqueológicas, implicando el ocultamiento de ojos no domésticos puede ser interpretada como una categorización tal. Otra elaboración corresponde a la interpretación de una serie de pictografías realizadas en la pared interna de un recinto de la casa del sitio Tebenquiche Chico – 1. Las mismas ilustran dos tipos de figuras. Unas, en amarillo, claramente camélidos, pero ambiguamente llamas o vicuñas; junto a otras figuras verticales en rojo. Si bien el discurso político respecto al acceso restringido o no a lo doméstico, de llamas y vicuñas es ambiguo, el contexto de exhibición del mismo es domésticamente restringido.

A este punto, el autor vuelve a una sugerencia de Andrew Sherratt, tomada como premisa desde el principio: “Los antropólogos son introducidos en los fundamentos del parentesco mediante la clave latina pater est quem nuptiae demonstrant: el padre legal (quien no necesariamente es el genitor) es la persona indicada por las ceremonias matrimoniales; lo social toma precedencia sobre lo biológico. El agricultor, en base al mismo principio, puede ser definido mediante su forma de vida y hábito de vivir en casas: agrícola est quem domus demonstrat”. Para Sherratt, esto significa que lo social toma precedencia sobre lo biológico, al menos con base en la relación entre el padre legal y el matrimonio. De este modo, queda consagrada la diferencia ontológica entre sociedad-naturaleza, entre cultura-biología, al momento en que el autor renuncia a la dialéctica. Suponiendo a la sociedad como esencialmente pre-existente podemos ver a las casas como un artefacto social, y no solo como un escenario en el cual las relaciones sociales son creadas.

En lo escrito, las casas señalan al campesino no porque sean agricultores sino porque estos espacios son privilegiados para la creación y recreación de relaciones domésticas, tanto entre seres humanos como no humanos. Estas relaciones, como las describe el concepto de “uywaña”, forman parte activa de los mundos de la vida campesina. El autor concluye: “Uywaña est quem domus demonstrat”.

Interesante, sin duda. Curioso nombre para una persona el de “Biston Bitularia”… Google suele ser muy útil a la hora de sacarse ciertas dudas, pero esta vez me las profundizó: Buscando “Biston” o “Bitularia”, sumada a palabras claves como “vicuña”, “arqueología” o “antropología”, solo aparece una referencia: la suya Doctor. Ahora yo me pregunto: Qué significa ese desliz? Desde cuándo necesita inventarse autores para justificar sus palabras? Si su intención es proteger a alguien, porqué no utiliza otras estrategias narrativas más acordes? Quién es Bitularia, al fin y al cabo? Cómo hago para aceptar sus premisas, si ni siquiera puedo confiar en que sus datos sean “reales”?...Quizás son sólo resultados de su viva imaginación!! Lo interpreto como otra forma de romper con la “tiranía tipológica en arqueología”? Puedo confiar o referirme a usted si leo otros trabajos de su autoría?...Doctor, siempre pensé que nuestro “mundillo” está lleno de mierda…no me lo confirme con semejante pelotudez, por favor!!


martes, 16 de diciembre de 2008

Construyendo cronologías, creando culturas.

Alberto Rex González fue quien hace ya unos 50 años, desarrolló una secuencia cronológico-cultural para el Noroeste Argentino a la cual, mal que bien, con más o menos cambios, adaptaciones y reniegos conceptuales por parte de los arqueólogos, seguimos prestando atención, si no adhiriendo.

Alberto Rex González, muchos años después de sus andanzas por el NOA.


Por aquellas épocas, González hace una revisión de las distintas propuestas cronológicas realizadas para el área del noroeste argentino, como ser la de Max Uhle, de 1910, quien fue el primero en tratar de dar una cronología relativa a la región, pero a la cual nunca se prestó suficiente atención. Esto se debió en parte a las interpretaciones que sostuvo su contemporáneo Eric Boman, quien se inclinaba a la idea de contemporaneidad de los restos arqueológicos. Diferente fue la situación de Bennet, que en 1948 desarrolló un intento más amplio y de mayor rigor metódico sobre la cronología del noroeste, realizando una buena síntesis e interpretación cronológica de la por él llamada “cultura de los Barreales”.

González se basa en dicho autor para realizar su cuadro cronológico, pero resaltando que Bennet no consultó los materiales arqueológicos, y que por lo tanto su estudio se basa puramente en la literatura. Claro, Rex hace esto para destacar la importante diferencia metodológica que posee respecto a su antecesor. Él se basa en una serie de campañas arqueológicas al Valle de Hualfín, en el Departamento Belén, de la provincia de Catamarca.

En el desarrollo de sus cuadros cronológicos eligió el valle de Hualfín por una serie de razones:

a) por ser una unidad geográfica muy bien definida, un valle de 15 X 35 Km., cerrado por cadenas montañosas en casi todo su perímetro;

b) por ser el “corazón” del área denominada como Diaguita, a la cual González considera más adecuado o mas preciso llamarla por el termino geográfico “región central del NOA”, definida anteriormente por Bennett;

c) y por último, por poseer el Museo de Ciencias Naturales de La Plata las notas completas y materiales de las tumbas excavadas por el pionero Muñíz Barreto.

Por todas estas razones, cree que una base cronológica establecida desde este lugar, puede llegar a ser válida para gran parte de la zona central.

El cuadro que González va a proponer en un primer momento se basa en inferencias cronológicas parciales, en algunas superposiciones de tumbas, en el proceso de seriación de estas tumbas, en correlaciones tipológicas, y en el examen de los resultados y conclusiones de otros autores. Mas adelante en el tiempo, González incluye a lo anteriormente expuesto, cinco fechados radiocarbónicos que confirmarían lo que venia pensando acerca de la “cultura de los barreales”.

En el texto de Contextos Culturales y Cronología Relativa en el Área Central del NOA, González establece una secuencia crono-cultural para diferentes zonas del noroeste argentino.

Identifica el Horizonte Precerámico para las áreas del Valle Calchaquí, Valle de Hualfín, La Rioja, San Juan, Santiago del Estero y Sierras Centrales, conformada por la cultura Ayampitín, a la cual toma como base, aunque no deja de lado que pudieran haber coexistido otras industrias líticas.

Luego del Horizonte Precerámico, se ubican las Culturas Agro-Alfareras, colocando en su cuadro a la cultura de La Aguada como la más antigua. Uno de los criterios en lo que se basa para esta inferencia es la escasez de enterratorios de párvulos en urnas (siendo mas frecuentes en Ciénaga). Esta cultura posee una cerámica que Bennett llamó “Ciénaga Polícroma”, o también llamada “Barreal Pintado” o “Draconiana Pintada”, con decoraciones de motivos zoomorfos y antropomorfos, así como lo llamado hasta ese momento “figuras draconianas”, que González empieza a relacionar al felino, en particular al jaguar.

Siguiendo el orden cronológico, coloca a “Ciénaga I y II”, luego a “Condorhuasi”, “Belén” y “Santa María”.

Para determinar el paso de una cultura a otra, observa principalmente los cambios en los estilos y tecnología cerámica, pero también la metalurgia, los artefactos líticos y óseos, los recintos habitacionales, la funebria y la economía.

En el texto Cultural Development in Northwestern Argentina, González propone una secuencia cronológica similar a la anterior, pero presentando unas cuantas correcciones gracias al novedoso uso de los fechados radiocarbónicos:

§ La tradición más antigua bien definida y fechada (cueva de Intihuasi, 6000 AC) es la “cultura Ayampitín”, de puntas lanceoladas. A continuación del horizonte de puntas lanceoladas, hay una diversificación en el tipo de puntas, con variedades pedunculadas y apendunculadas.

  • Período Temprano o Cerámico Inicial (200-700 DC): se inicia con la introducción de la alfarería y termina con la influencia Tiahuanacoide. Se incluyen los complejos Tafí, Ciénaga, Condorhuasi, Candelaria I, Tebenquiche, Laguna Blanca, Cultura de los Montículos, entre otras.
  • Período Intermedio o Cerámico Medio (700-1000 DC): influencia Tiahuanacoide evidente sobre todo en la Puna de Atacama; este período está marcado por el desarrollo y declinación de Aguada, Hualfín y San José.
  • Período Cerámico Tardío (1000-1450 DC): surgen complejos locales bien integrados. Se incluyen los complejos Belén, Santa María, Sanagasta, Hornillos, Tilcara Negro Sobre Rojo, Coquimbo Clásico, Puneño, Arica.
  • Período Inca o Imperio (1450-1550 DC).

Según González, el desarrollo cultural del NOA y las zonas adyacentes de Chile es un producto de factores geográficos y medioambientales, los cuales presentan una variedad de zonas ecológicas que la exponen a diferentes influencias. La dirección de la evolución, hacia una mayor complejidad cultural y social, muestra los efectos discontinuos de las presiones desde el Altiplano y desde las Florestas Tropicales. Se trata de un espacio donde se fusionan elementos de origen muy diferente para producir un resultado netamente local.

En el artículo La Cultura de La Aguada del Noroeste Argentino, González explica la razón por la cual cambia la secuencia cronológica.

Para González, la cultura Barreal, como había sido definida abarcaba un lapso de tiempo muy grande e incluía materiales muy diferentes, por lo que se la puede dividir cultural y cronológicamente. Como en “Barreal” hay distintos tipos y de distinta temporalidad, se debe eliminar estas asignaciones y realizar nuevas definiciones. La cultura de los Barreales pasa a ser dividida en dos culturas diferentes que son denominadas según dos localidades típicas: La Ciénaga y La Aguada, y caracterizadas por diferentes tipos de tecnología y estilo cerámico, así como por distintos tipos de enterratorios y asociación con industrias líticas. Por otro lado, los estilos “Ciénaga Polícromo” y “Huiliche Monócromo”, como los ha definido Bennett, son contemporáneos.

González propone que La Aguada es una cultura de origen andino, con características como la técnica metalúrgica avanzada, la elaborada alfarería, la escasez de entierros en urnas, el uso de la llama. Su origen pudo estar en la cuenca del Titicaca, en el periodo clásico.



Vasija modelada estilo Condorhuasi (foto afanada de www.naya.org.ar).


Vaso con decoración incisa perteneciente a la "Cultura Ciénaga".


Vasija ornitomorfa, negra bruñida con decoración felínica incisa. "Cultura de La Aguada".

Urna para párvulos. "Cultura Belén".

Urna "Santamariana", usada en enterratorios de adultos.

Arívalos Inkaicos.

Una "breve" historia de la arqueología argentina.

Antes de ponerme a divagar sobre cualquier tema referente a la arqueología argentina, y con ello me refiero en este momento específicamente al tema del arte rupestre en el noroeste y a la “cultura” de La Aguada, debo remitirme a realizar una breve crónica del desarrollo de la disciplina en nuestro país. “Uh, que aburrido!” podrán llegar a pensar, pero no aclarar un poco donde estamos parados y de que sopa primordial venimos, va a hacer que tenga que volver sobre mis pasos quizás muchas veces, y me da miedo tropezarme.

Como bien sabemos, para entender el proceso de desarrollo de la arqueología (y de cualquier otra cosa) en un determinado lugar, en nuestro caso la Argentina, se deben tomar en cuenta los factores socio-políticos de la historia nacional, la economía, tecnología, y el desarrollo cultural y científico, así como la relación entre lo “oficial” y lo aborigen, el pasado nativo y el patrimonio arqueológico.

Para ver esta historia, podemos distinguir básicamente dos momentos: el de conquista y colonización de nuestro territorio por parte de los europeos (en el que no son claros los valores que se toman para la construcción del pasado), y el de la independencia Argentina (donde ya se definen dichos valores, que orientan el desarrollo de las investigaciones, con etapas tanto pluralistas como conservadoras).

De las épocas de la conquista y la Colonia, la información que poseemos sobre los pueblos originarios se puede rastrear en distintos tipos de documentos de la época, los cuales varían en la calidad de información que presentan: crónicas oficiales, crónicas de viajes, relatos y descripciones de evangelizadores, relatos y registros de “viajeros científicos”.

Los contactos hispano-indígenas más tempranos fueron durante la exploración del litoral Atlántico Argentino. De estas épocas son el libro de Antonio Pagafetta (acompañante de Magallanes) o el relato del sacerdote Juan de Aréizaga (quien sobrevivió a la expedición de Loaysa). De aquí, por ejemplo, surgieron las leyendas de los gigantes patagónicos.

Otros documentos hablan de los indígenas del Paraná, según integrantes de expediciones de Sebastián Gaboto y Diego García.

Más tarde se cuenta con los documentos de evangelizadores, como los de la Orden Jesuita (Alonso de Bárzana, entre otros) quienes hablan de los indígenas de la Provincia Jesuítica del Paraguay.

La visión del mundo indígena fue claramente peyorativa desde los primeros momentos de la invasión al continente; una visión que debió quedar anclada a su contexto, pero que desgraciadamente aún incide en la arqueología argentina.

Ya en el período independiente, particularmente a fines del siglo XIX y principios del XX, aunque acontecieron grandes cambios económicos y políticos por la creación de la república, no fue así respecto a la situación social y cultural. Se miraba al exterior para buscar modelos de desarrollo, menospreciando sistemáticamente a lo nativo. Lo indígena era cuestión militar y no parte de la historia nacional.

La Guerra de la Triple Alianza (1869) y la Conquista del Desierto (1879), muestra el concepto sobre el aborigen y el predominio de los intereses económicos y militares.

En Chaco, Patagonia y la Región Pampeana habitaban grupos de economía extractiva, por lo que eran “inútiles” como mano de obra para los españoles y criollos. Los nativos del NOA, con economía agrícola, ganadera y minera, fueron encomendados para estas tareas.

La ciencia de esta época era teológica y creacionista, con un claro sentimiento eurocentrista. La “generación del ‘80” se definió por su oposición al evolucionismo y a la profundidad temporal del registro arqueológico.

Los cultores de este marco teórico estaban en los centros de poder. Obras como las de Sarmiento, Lafone Quevedo y Quiroga, tuvieron gran repercusión dentro del ambiente intelectual de la época.

En cierto modo, una excepción fue Florentino Ameghino, quien propuso el origen del hombre en la Argentina. Fue el principal cultor de una ciencia naturalista, ligada a los inicios de la geología y la paleontología, con el apoyo de los trabajos de Lyell y Darwin. Dio lugar al desarrollo del evolucionismo, introduciendo las ideas de “cambio en el tiempo” y “profundidad temporal”. Incorporó las interpretaciones estratigráficas y el análisis ambiental. Sistematizó las investigaciones y reivindicó el trabajo de campo.

A comienzos del siglo XX, durante el Congreso de Americanistas realizado en Argentina, tres yanquis (Holmes, Willis y Hrdlicka), cuestionaron y dieron por tierra la hipótesis de la alta antigüedad del poblamiento humano en Argentina propuesta por Ameghino. Esto desacreditó al evolucionismo y a la orientación naturalista, coincidiendo con el colapso del marco teórico evolucionista a nivel mundial.

La Primer Guerra Mundial dejó a la Argentina en un aislamiento teórico, metodológico y técnico. La interpretación arqueológica se apoyaba básicamente en la documentación escrita y los restos fueron asignados a momentos poco anteriores a la conquista española (lo que demuestra que los argentinos, desde el principio no más, no podemos inventar nada, todo tenemos que copiarlo).

Hubo un interés en la elite criolla por remarcar las tradiciones hispanas y criollas como forma de autenticar sus derechos frente a los inmigrantes. A ello se liga la creación de museos en el ámbito nacional (Museo de Ciencias Naturales de La Plata y Museo Etnográfico de Buenos Aires), intensificándose el acopio de material arqueológico. Ambos museos fueron a ser pioneros en la formación profesional de los arqueólogos por medio de cátedras y laboratorios de investigación.

Las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por un trabajo básicamente descriptivo, con pocas excavaciones, poco interés por los sitios superficiales e interpretaciones basadas en la documentación etnohistórica. Salvo la adhesión al positivismo decimonónico, no hubo clara definición teórica.

El vacío teórico permitió la entrada de la escuela Histórico-Cultural de Viena, sin mayores cuestionamientos, relacionándose bien con la ideología conservadora del primer gobierno de Perón, allá por la década del ‘40. Varios profesionales locales (Aparicio, Palavecino y Márquez Miranda) fueron desplazados de sus cargos por cuestiones políticas, por exiliados llegados de Alemania, Austria e Italia (“Nazis. I hate these guys!”). En la Universidad de Buenos Aires entraron Menghín y Bórmida.

Este marco teórico es esencialmente antievolucionista, antiracionalista y racista. Exceptuando algunos postulados de Imbelloni, siempre fueron muy eurocéntricos. Se partía de un concepto de cultura como conjunto de normas compartidas que se reflejan y toman cuerpo en la cultura material, a través de conjuntos de objetos similares. El cambio cultural se explicaba solamente por la acción de mecanismos externos.

Con estos trabajos se reiniciaban las investigaciones en Pampa y Patagonia. La ubicación cronológica fue muy importante para poder realizar sucesiones culturales.

A mediados del siglo XX entran a la Argentina metodologías y aspectos culturales de USA, de la mano de A. R. González (Histórico-Cultural Norteamericano, Neoevolucionista, Ecología Cultural), que implicaron una alternativa a las propuestas del Histórico-Cultural de Viena.

González trajo la datación radiocarbónica, el uso de fotografías aéreas para prospección, técnicas de excavación estratigráficas intensivas y sistemáticas, uso de métodos estadísticos, estudio del entorno, estudios regionales, primeras secuencias regionales para el NOA y Sierras Centrales, acercamiento a las ciencias naturales como “disciplinas de apoyo”, reconocimiento de la profundidad temporal en nuestro territorio.

González, a su vez, introdujo una nueva visión en la arqueología: “el pasado aborigen es trascendental para el patrimonio cultural de la nación”. Actualmente, lo criticamos y lo tratamos de “dinosaurio teórico y metodológico”, pero seguimos utilizando los esquemas creados por él, y seguimos muchos de los caminos que trazó. Dudo que tengamos un exponente de la disciplina tan completo, y no creo que sea superado.

Cigliano, Cardich, Rizzo, Austral, Orquera, Sanguinetti de Bórmida, entre otros, fueron exponentes del Histórico-Cultural en los ’60 y ’70. Con el tiempo hicieron autocríticas, aunque la mayoría de las veces superficiales.

A comienzos de los ’70 aparecieron algunas instituciones del interior, como el Museo de Cachi (Salta) y el Instituto de Antropología de Córdoba. En estos años, los investigadores de Patagonia comenzaron a aplicar análisis estadísticos y tipológicos propuestos por F. Bordes. Se intensificó el trabajo de laboratorio afinando las estrategias descriptivas de materiales líticos e incorporando análisis de significación funcional.

En la misma época surgieron las primeras explicaciones adaptativas alrededor de problemáticas de las regiones pampeana y patagónica. Estos momentos se caracterizaron por el extremo cientificismo del trabajo arqueológico. Continuó la distancia entre “sujeto” y “objeto” de investigación.

Con el golpe militar de 1976 se cerraron carreras de antropología y arqueología, así como también “desaparecieron” estudiantes y profesionales. Poco antes de las dictadura entraron algunos nuevos enfoques de la “Nueva Arqueología” norteamericana y las propuestas teórico-metodológicas de los franceses. Estos no llegaron a enseñarse en las universidades, pero comenzaron a significar una clara oposición a los lineamientos Histórico-Culturales. El enfoque Ecológico-Sistémico tuvo una importante repercusión en el estudio de sociedades cazadoras-recolectoras.

Recién en la década de 1980 tuvieron real repercusión en los ámbitos universitarios y de investigación, dichas innovaciones. Se incorporaron los aportes de la “Ecología Humana”, la “Arqueología Espacial”, la “Tafonomía”, la “Etnoarqueología”, la “Etnohistoria”, la economía y los estudios sobre “formación de sitios”.

A partir de 1983 varios profesionales recuperaron sus antiguas cátedras. Se logró un mayor apoyo estatal a la investigación arqueológica y social. Surgió una revalorización de lo autóctono, de la identidad Argentina-Latinoamericana, sin ser nacionalista a ultranza. Hay un generalizado acercamiento a la Nueva Arqueología. El Neopositivismo Lógico con su método hipotético-deductivo pasó a ser el paradigma dominante.

Se hizo claro énfasis en los aspectos adaptativo-funcionales. El concepto de adaptación o de estrategia adaptativa ha guiado a la mayoría de las investigaciones. Esto implicó el mayor uso de elementos teórico-metodológicos de otras disciplinas como la ecología y la antropología biológica.

De forma paralela al enfoque ecológico, se revalorizó la evidencia arqueológica superficial, incorporando también el estudio de los “no-sitios”. Dentro de la llamada “Arqueología Distribucional”, el registro arqueológico es tomado como un continuo espacio-temporal, con picos de densidad, que toman en cuenta los procesos post-depositacionales.

El día de hoy, la arqueología argentina es un bodrio de marcos teóricos, metodologías de investigación y temas investigados, lo cual está genial. Conviven un sinfín de posturas, desde las que ya tienen unos ochenta años hasta las que se le ocurrió a un amigo que vi esta tarde.

De acá a diez años, les cuento que salió de todo esto.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

A veces damos vergüenza...

Hace un par de años atrás, cuando estaba cursando una materia llamada Arqueología de América III, en la cual se tratan temáticas relacionadas al área Mesoamericana y a los Andes Centrales, tuve la oportunidad de leer un artículo que me pareció muy interesante, y que por lo menos en esos momentos de mi formación, me sirvió mucho para fomentar una actitud crítica respecto a las metodologías que usamos a la hora de construir interpretaciones sobre el pasado. Muchas otras lecturas y la práctica cotidiana de la disciplina moldearon y cambiaron muchas de mis apreciaciones respecto a la opinión vertida por M.A. Cervantes y J. Yadeum en “La Máquina Tautológica y la Arqueología Olmeca”. Quizás pasó tanto tiempo, que el día de hoy, lo que más rescato es simplemente esa especie de “miedo” a la tautología. Porque ser tautológico (tanto en nuestras interpretaciones como en nuestras prácticas en general) evidencia un interés en que las cosas sigan tal cual están, evidencian un conformismo con lo establecido, con lo naturalizado, con lo ya dicho. En cambio, si queremos hacer una arqueología más útil, no un tanque de agua estancada de la cual abrevamos solamente quienes estamos en esta disciplina, debemos romper esquemas, evitar los caminos trazados. Debemos preguntarnos, y ser sinceros en la respuesta del ¿para quién hacemos arqueología? Creyendo esto, llegué a pensar que los autores antes citados, al menos en algún pequeño momento del espacio tiempo, compartieron mis inquietudes…Pues ahora, me critico dos cosas (Bah!! En realidad muchas más, pero respecto a este tema, solo dos). En primer lugar, ser tan ingenuo; y en segundo, haber presupuesto más de lo recomendable. Creo que la arqueología es para todos, pero sobre todo socialmente útil a las comunidades en las cuales trabajamos…Evidentemente, Yadeum no. Hace unos momentos me encontré, después de mucho tiempo, con su nombre. La aceptable imagen que tenía, se me cayó por un precipicio.
A continuación, les dejo parte de la nota que justifica mis anteriores divagaciones, así como el link para que la lean en su contexto. Desgraciadamente, no hace falta ir tan lejos para toparnos con casos como estos. Nuestra Argentina está llena de ellos. Nos falta tanto por crecer.


INVESTIGACIONES DE LA JUNTA DE BUEN GOBIERNO:

DEL DÍA 11 DE AGOSTO DE 2008.

Nuestro compañero base de apoyo zapatista, Alfonso Cruz Espinosa, declara que el día 13 de abril de 2008 hizo un jagüey de 8 metros de largo y 5 metros de ancho y dos metros de profundidad en su propiedad, donde pudiera beber agua su ganado, pero después de 15 días fue acusado por el personal del arqueólogo, JUAN YADEUM que había encontrado una pieza en el jagüey, escultura de un personaje, acusando a nuestro compañero Alfonso que él sacó en ese jagüey.

Nuestro compañero Alfonso declara que el jagüey fue excavado por una máquina retro y en esos momentos no había nada, ninguna piedra, era pura tierra acumulada en ese lugar, que de por sí es un pocito natural y además el operador de la máquina no encontró nada durante el trabajo de la excavación.

Otro abuso cometido es que sin ningún permiso le quitan la puerta de su potrero del compañero Alfonso, y le ponen un cerco de alambre clausurando un camino que existe desde hace muchos años, es camino para la comunidad La Libertad y otras comunidades aledañas.

También quitaron su alambrado del compañero, al lado de la ruina para que salgan sus animales y provocar perjuicios en la ruina y culparlo a él.

El compañero Alfonso, siendo el dueño de esa propiedad ahora no puede sembrar ni un poste de cerco de su potrero, ni para construir su casa, ni letrina, ni tienda, porque según el arqueólogo dice que dos metros abajo ya es propiedad de la nación.

Pero el sí les renta piso a otros vendedores que ocupan el estacionamiento que es propiedad federal, beneficiándose la directora del museo Julisa Camacho Ramírez, Juan Yadeum Angulo y el Dr. Emiliano Gallaga Murrieta.

El arqueólogo JUAN YADEUM está presionando al compañero de que le venda su propiedad al precio que él quiere, y si no lo vende, le dice que va a ser encarcelado, por el falso delito del jagüey.

La Junta de Buen Gobierno declara que es totalmente una trampa y mañas lo que hace el CALDERÓN, SABINES Y LEONEL ZOLORZANO ARSIA que fomenta la corrupción y permite que el arqueólogo JUAN YADEUM ANGULO maneje el sitio arqueológico como si fuera de su propiedad personal pues ha construido su casa usando los materiales de la ruina, tampoco cumple con el cuidado y mantenimiento del sitio arqueológico y todo esto no se investiga.

Mientras que el compañero Alfonso que ya tiene años que está trabajando y tiene las escrituras de su terreno ahora no puede construir nada dentro de su propiedad le están privando el derecho a la tierra en su misma propiedad y la quieren despojar o expropiar por parte de la INAH.

http://mujeresylasextaorg.wordpress.com/2008/11/03/zapatistas-denuncian-acoso-del-arqueologo-juan-yadeum/

martes, 9 de diciembre de 2008

¿Cómo trabajamos? De la biblioteca al cucharín (parte final).

Todo el material y la información recopilada se trasladan posteriormente a un laboratorio. El trabajo en el mismo se puede resumir como el estudio de los materiales y muestras que hemos obtenido de la prospección o la excavación. Para empezar se debe realizar un inventario de todo el material recuperado, anotando descripciones detalladas de los objetos. Cada elemento del registro arqueológico proporciona un corpus de información que excede por mucho a aquella que se observa a simple vista. Los datos surgidos del análisis de las características físicas del objeto se suman a otros relativos al sitio en que fueron hallados y a las condiciones en que aparecieron, permitiendo reconstruir la sucesión de eventos que hicieron que esa pieza en particular llegara hasta ahí.

Cada una de las características que poseen dichos objetos, van a mostrarnos diferencias y similitudes entre ellos, de modo que podamos agruparlos por rasgos compartidos que nos parezcan relevantes para responder una pregunta en particular, como ser el material en que están hechos, su posible función, decoración, técnicas con que fueron hechos y muchos más. Estas agrupaciones son denominadas tipologías y son muy útiles a la hora de realizar estudios estadísticos, que sirven para indagar sobre diferentes cosas, como por ejemplo cuales eran las técnicas de fabricación cerámica, los tipos de decoraciones, los diferentes usos de las vasijas. Si dichas técnicas y estilos son muy variados podemos llegar a pensar que la fabricación de estos elementos podía ser realizada por cualquier miembro de una sociedad. Inversamente si se observa un alto grado de estandarización, podemos pensar que poca gente se dedicaba a esta tarea o que quienes la realizaban estaban controlados por un grupo de personas que establecían las pautas sobre como debían hacerse las cosas.

A conclusiones como estas llegamos a través de lo que se llama “inferencia”, o sea el proceso mediante el cual los objetos se conectan con una información que, en lo inmediato, no está contenida en ellos. Dicho procedimiento es el corazón de la actividad arqueológica, y el principal motivo de discusión entre arqueólogos. Es, además, el detonante de toda la larga cadena de actividades que le sigue a la recuperación de materiales en una excavación; todos los análisis que se realicen sobre las piezas, la búsqueda de datos relativos al sitio y las condiciones en que fueron halladas, así como la construcción de modelos hipotéticos. Todas las tareas se verán afectadas por aquella parte de la información que se infiere de un sitio. La interpretación final de un determinado registro arqueológico depende, en gran medida, del ejercicio de inferencia realizado por el arqueólogo. A más información tengamos sobre un sitio más confiables serán las inferencias que hagamos sobre él; a menos datos tengamos, más probabilidades de equivocarnos a la hora de hacer interpretaciones.

Finalmente, todos los pasos anteriores, desde los antecedentes, pasando por la descripción de la evidencia encontrada, los resultados de los análisis en laboratorio y las interpretaciones derivadas de ellos, se conjugan en una instancia en la cual los arqueólogos debemos de algún modo comunicar nuestras conclusiones a la sociedad, esto puede realizarse mediante la publicación de escritos en revistas y libros, documentales en la televisión, charlas en las escuelas, muestras en museos, y cualquier otro medio de difusión que se les ocurra.Museo Arqueológico La Puerta (Ambato - Catamarca)

Charla en el Polimodal de la misma localidad.

viernes, 5 de diciembre de 2008

¿Cómo trabajamos? De la biblioteca al cucharín (Parte II)

Una vez que has localizado el sitio (así llamamos a los lugares que presentan evidencia arqueológica), el siguiente paso suele ser excavar parte de los mismos, en lugares en los cuales tenemos indicios de que poseen información valiosa para responder nuestros interrogantes. Excavar es proceder hacia atrás, como quien ha perdido un objeto y debe volver a reconstruir la jornada, volviendo en sus recuerdos hasta hallar el que le da una pista sobre su ubicación.

Esto no es tan fácil. Pensemos, por ejemplo, en cómo sería el registro arqueológico de la última vez que se reunieron con sus amigos a comer un asado en el patio de la casa de uno de ellos. El escenario de esta situación mostraría la parrilla con el carbón prendido y la carne puesta a cocinar, una mesita al lado con el pan para los chorizos y las ensaladas sin condimentar, y un poquito más lejos una mesa con los platos, cubiertos y botellas alrededor de la cual se disponen los comensales. Si por casualidad tal reunión se desarrollara a la sombra de un volcán y éste entrara en erupción justo en ese momento, es probable que en la escapada para alejarnos de la lava y la ceniza dejáramos todo tal y como está y saliéramos a las chapas. Si un arqueólogo pasara por allí unos cientos de años después, la observación de la comida puesta al fuego, la vajilla dispuesta sobre una mesa y muchos otros pequeños detalles le permitirían reconstruir con bastante precisión la escena original.

Sin embargo, este tipo de desastre geológico es muy poco común; por lo general, el abandono de un sitio por parte de sus ocupantes se da de modo más lento y planificado y el registro material se ve sometido a un largo proceso de transformación y redefinición antes de quedar sepultado, antes de transformarse en registro arqueológico. Pensemos ahora que ningún volcán estalló la noche del asado y que los amigos terminaron con tranquilidad su comida con la consecuente modificación del cuadro inicial. La mesa quedará completamente despejada, la vajilla será lavada y guardada en su correspondiente estante, tal vez un par de botellas de vino tinto quedarán desprolijamente tiradas entre los canteros y los perros se pelearán por los huesos con carne y los pedazos de pan que sobraron, depositándolos luego lejos del sitio en el que habían sido descartados.

Con el paso del tiempo todas las actividades desarrolladas en este patio irán acumulando diferentes restos materiales, al primer asado se le sumarán otros, cuyas evidencias se mezclarán con los anteriores; mientras que el viento, el crecimiento de las plantas, el vecino que camina todos los días por el patio, y otras tantas cosas, mueven la tierra de un lugar a otro haciendo que unas cosas se tapen y otras se destapen. Estos diversos "agentes" de depositación y erosión, actúan de diferente manera haciendo que su influencia sea reconocible en el suelo, ya sea por el color o la dureza del mismo, etc. Cada una de estas capas de suelo, con sus características propias y diferentes unas de otras, son llamadas estratos. Conocer el orden y las razones por las que estos estratos se originaron, se denomina "estratigrafía". Esta actividad nos proporciona algunas de las evidencias más fiables para dos cuestiones que suelen ser muy relevantes, las actividades humanas en un período de tiempo determinado, y los cambios experimentados por esas actividades de una época a otra. Los objetos que encontramos en un mismo estrato generalmente nos informan sobre actividades que sucedieron en la misma época, mientas que si observamos la relación entre los objetos que están en diferentes estratos, unos más profundos, otros más cerca de la superficie, visualizamos los posibles cambios acontecidos con el paso del tiempo. En el primer caso, hablamos de sucesos "sincrónicos", mientras que en el segundo de "diacrónicos".

Un arqueólogo empeñado en reconstruir un conjunto de actividades llevadas a cabo en un mismo espacio, generalmente deberá realizar una excavación teniendo en cuenta todo lo que les he contado anteriormente. Comenzará el trabajo delimitando el área en donde se va a excavar, mediante lo que llamamos cuadrícula. Esta consiste en plantar estacas en el terreno a distancias regulares para luego unirlas mediante hilos. El espacio que queda encerrado por la cuadrícula es en el cual desarrollaremos nuestra actividad. Los hilos no solamente sirven de límite, sino también de puntos de referencia a partir de los cuales a medida que vayamos extrayendo cuidadosamente capas de suelo, mediante el uso de herramientas como ser cucharines, pinceles, escobillas, estecas; y vayamos destapando el registro arqueológico, podremos ubicar cada objeto espacialmente (distancias y profundidad). Todo debe ser registrado hasta el más mínimo detalle, mediante fichas especiales, dibujos, fotografías; asignándole a cada objeto un número de inventario, para luego poder identificarlo fácilmente. La tierra que se saca se pasa por una zaranda, con fin de encontrar pequeñas cosas que se nos pudieron haber pasado por alto. Ser detallista y minucioso es muy importante ya que la excavación es una actividad destructiva, es decir no se puede realizar más de una vez en un mismo lugar. Toda información que nos hayamos olvidado de registrar es irrecuperable; se pierde para siempre. La pérdida de información reduce las posibilidades de interpretar que es lo que paso en el sitio que estamos trabajando.

Una vez terminada la excavación el hueco que queda debe ser tapado para evitar que se destruyan las paredes que han quedado al descubierto, así como los alrededores que no han sido excavados.